Señala el autor Francisco Ariza en una Conferencia pronunciada en Barcelona en el año 2005…”Y así como el orden cósmico, el Mundo, según los relatos mitológicos de todas las tradiciones de la humanidad, surgió del caos de las tinieblas primigenias, también ese proceso interior que el hombre realiza consigo mismo surge a partir del “caos de nuestra ignorancia”…En ese “caos” están en potencia y sin desarrollar todas nuestras virtudes y cualidades y es gracias al Arte de la transmutación que ese “caos” comienza poco a poco a ordenarse, es decir a actualizarse, recibiendo la luz de la inteligencia, análoga al Fiat Lux  (Hágase la Luz) que iluminó las tinieblas precósmicas.
Por eso la expresión “dar a luz”, que se refiere al nacimiento carnal, es exactamente lo mismo que “dar la luz, tal cual se realiza en cualquier iniciación al Conocimiento pues se trata de un arquetipo universal, con lo cual se establece una correspondencia entre el nacimiento físico y el nacimiento espiritual. Y todo esto está vinculado con la propia palabra Conocimiento, que es realmente “conacimiento”, un volver a nacer nuevamente.
En este sentido cualquier conocimiento relacionado con estas ideas es sin duda alguna un nacimiento a una realidad otra, con lo que el campo de nuestra visión del mundo y de nosotros mismos se amplía y se hace más verdaderamente universal. Por eso mismo no se ilumina, no se despierta o no se nace, sino a aquello que el ser ya posee dentro de sí, pues como dice también Platón: “Todo lo que el hombre aprende ya está en él”. Por lo que, “quien no comprende por sí mismo, nunca nadie podrá hacérselo comprender, hiciere lo que hiciere”.

El uso del término inteligencia suele tener varias definiciones. Por ejemplo, lo educadores la consideran como la capacidad para aprender, lo biólogos como la capacidad para adaptarse al entorno, los teóricos de la información como la capacidad para procesar información, y los psicólogos, como la capacidad para deducir las relaciones entre los objetos y eventos (Aiken 1996) Spearman*, uno de los primeros teóricos que trabajó con este constructor la definió como “la capacidad de crear información nueva a partir de la información que recibimos del exterior o que tenemos en nuestra memoria” (Pueyo*, 1997).
Así pues, me pregunto: ¿Es la inteligencia aquella facultad personal, de adaptarse a nuevas exigencias, haciendo uso de las pautas de pensar?
Visto así, la inteligencia es puesta a prueba no sólo en aquellas situaciones rutinarias sino nuevas que no sean, mediadas por el uso adecuado del pensamiento.
-¿Es la inteligencia la facultad de captar objetivamente ciertos contenidos dados y elaborados con sujeción a determinadas metas?
-¿Es la inteligencia la facultad compuesta o una facultad global del individuo de actuar adecuadamente pensar razonablemente y relacionarse efectivamente con su mundo circundante?
Es decir, sería la inteligencia una facultad compuesta, tanto en su función como en su estructura, o dicho de otro modo, por su efecto o por su forma interna, respectivamente. Visto así, la inteligencia sería una facultad global, porque caracteriza la conducta del individuo como todo. Así, no sólo sería la sumatoria de habilidades lo que determinaría el resultado de la inteligencia, es decir no es un atributo en el rango de lo cuantitativo sino lo cualitativo.
Una de las controversias sobre la inteligencia hace referencia, ni más ni menos, que a su definición. Parece que la historia de la investigación de la inteligencia está marcada por la coexistencia de múltiples definiciones, algunas de ellas antagónicas y contradictorias.
Recorriendo el devenir de los siglos, nos encontramos con definiciones que nos hablan de inteligencias abstractas o verbales, de inteligencias prácticas, sociales, tácticas, sapientes, múltiples, sagaces, seguras, prudentes, críticas, metódicas, emocionales, experimentadas, reflexivas, ocurrentes. ¿Aquellas nos hablan de lo mismo, o nos hablan de cosas diferentes? ¿Es la inteligencia única o múltiple? ¿Es la inteligencia un atributo o una característica inherente al ser humano?
En este punto interceptamos con el manoseado concepto de Inteligencia Emocional, atribuido a Daniel Goleman por su libro La inteligencia Emocional, quien postula que la misma sería una capacidad administrativa de las habilidades socio-afectivas y que implicaría la habilidad para instrumentalizar nuestras emociones con el objetivo de optimizar nuestro desempeño frente a la vida.En el curso del presente artículo, se pretende conformar una visión de la Inteligencia desde una perspectiva ecléctica*, con una visión segada del autor hacia lo científico, usando el prisma del meliorismo* y con este énfasis en lograr una visión antropocéntrica*, donde resalte el humanismo y su moral humanista.
Que la inteligencia pues me guíe en esta tarea.
La noción de inteligencia ha resultado tan interesante y útil, como polémica desde el momento mismo en que el francés Alfred Bidet desarrollara, el primer test objetivo para identificar a los niños, que probablemente tendrían problemas en clases y por ende requerirían de apoyo en su proceso de aprendizaje. Pero no fue hasta que Williams Stern* desarrollara el concepto de Coeficiente Intelectual, (que consiste en
dividir la edad mental, es decir aquella edad necrológica “característica” de un determinado nivel de rendimiento; por la edad cronológica, multiplicado por 100) como una forma de realizar una estimación cuantitativa de la inteligencia en que se desencadenan los problemas para dilucidar en forma preclara el conceptote lo que entendemos por inteligencia y las implicancias éticas, morales y prácticas de la misma.
Dado que con sólo medir la capacidad dentro de alguna ciencia específica, formación cultural general; nos entrega un indicador que es responsable solo de un 20% de la verdadera inteligencia, de la capacidad de desenvolverse con éxito; la preponderancia de medir el CI no permite dar respuesta a interrogantes relacionadas con la problemática de por qué  algunas personas de un alto CI son aventajadas por otras de un CI menor, en igualdad de condiciones y en situaciones de conflictos; por esta razón se dejaba de lado un aspecto esencial de los seres humanos: las emociones, destrezas que nos permiten: “conocer y manejar nuestros propios sentimientos, interpretar o enfrentar los sentimientos de los demás, sentirse satisfechos y ser eficaces en la vida a la vez que crear hábitos mentales que favorezcan nuestra propia productividad”.
Es así que en 1996 se publican las conclusiones de un equipo de expertos coordinados por Neisser*, que sin tapujos señala que frente a la idea de que existe una única inteligencia general o de que existen múltiples factores relativamente independientes, hoy los modelos más convincentes parecen los factoriales  de tipo jerárquico, lo que permitiría una evaluación no sólo conforme a una inteligencia general, sino también a una serie de competencias específicas.
En este mismo sentido, las conclusiones de este estudio señalan que los test de inteligencia predicen moderadamente bien el rendimiento académico correlacionado en torno a 0.5 con las calificaciones y un poco más con el nivel de escolaridad alcanzado. Y si es aisladamente considerado, la inteligencia es el mejor predictor del rendimiento laboral cuanto mayor son las exigencias laborales.
Continúa señalando, que la inteligencia es producto conjunto de las circunstancias ambientales y la dotación genética de las personas; y este peso relativo varía según el desarrollo personal, así la herencia juega un peso de hasta un 45% en niños, pero sube a un 75% en los adultos disminuyendo drásticamente la participación de factores ambientales. También se señala un aumento de 15 puntos promedio de las puntuaciones de dichos tests en global. En cuanto a género, aparecen diferencias en cuanto al desempeño en áreas específicas.
Y concluye señalando que los test estandarizados disponibles no exploran todas las formas existentes de la inteligencia, como la creatividad, el sentido práctico i la competencia emocional, dado que no se diseñaron con ese objetivo.
En este aspecto, es necesario recalcar la concepción bastante restringida que aún poseemos acerca de la inteligencia, dado el énfasis en los elementos puramente cognoscitivos en detrimento de los afectivos.
Los primeros test para estimar la inteligencia se basaban en la restringida premisa de medir la capacidad de razonar y resolver problemas. Es decir, reconsideraba a la inteligencia como la capacidad analítica sobre contenidos lógicos-matemáticos y lingüísticos. El devenir del tiempo ha ido abarcando otras áreas, a saber, espaciales, musicales, aptitudes manipulativas, cinéticas-corporales, etc., pero sin abarcar el plano afectivo,. Sobra señalar que el desarrollo de la psicología experimental, ha enfatizado el estudio de los elementos objetivables, analíticos, de naturaleza cognoscitiva, luego con moda por lo conductual y luego con énfasis en lo cognitivo del procesamiento de información. Así el mundo emocional sigue siendo el gran continente inexplorado de la psicología científica. De colofón, el adagio “la emoción nubla la razón”, de modo de división cartesiana de un cuerpo y una mente, pero no como un todo único e indivisible. No es menos cierta la frase de Blaise Pascal* “el corazón tiene razones que la razón no entiende”. Es decir que Pascal antepuso el corazón a la razón, entendiendo por corazón a algún tipo de relaciones instintivas primarias, de respuesta inmediata. Se refería con corazón al camino hacia la experiencia intuitiva, el conocimiento instintivo natural, que tiene su propia lógica. Así este adagio cobra fuerza sobre la necesidad de revalorizar los sentimientos y las conductas más primarias, más primitivas y más instintivas. Es decir las formas no racionales de reacción, que hoy sabemos tienen su asiento en el sistema limbito, más específicamente en una estructura pequeña, de forma almendrada, situada junto al hipocampo.
El hipocampo desempeña una función clave en nuestra capacidad de recordar los incidentes de la vida  cotidiana; así cuando el hipocampo es lesionado, tenemos dificultades  para recordar lo que nos ha ocurrido recientemente. La amígdala es esencial en la red cerebral que regula emociones, incluidos los aspectos emocionales del recuerdo. Así, la amígdala desempeña una función vital en los recuerdos cargados de emoción que tanta influencia ejercen sobre nuestra vida mental. La lesión en esta estructura, genera una dificultad concreta para aprender y recordar el miedo. Los estudios han vinculado a las amígdalas con el conocimiento emocional. La ubicación estratégica de esta estructura en el cerebro la convierten en candidata para desempeñar la importante función del recuerdo emocional, porque, recibe entradas de información procedentes de muchas estructuras del cerebro. Tiene así, acceso a información sensorial primaria procedente de los primeros centros de procesamiento perceptivo, y puede que utilice esta información para determinar con rapidez si una situación es lo bastante amenazadora como para merecer una respuesta de huida o lucha (sobrevivir). Pero también tiene acceso a informaciones más elaboradas de procesamientos posteriores, de modo que puede evaluar la situación a la luz de experiencias anteriores y contribuir a decidir la conducta más adecuada. Así, los acontecimientos de gran significación requieren atención y acción inmediatas; los de escasa significación, pueden pasarse por alto sin correr riesgos… “En la confianza está el peligro…”
Cualquier profano, y nosotros mismos, hemos tendido a vernos desde muy temprano “los defectos de herencia y los sesgos de la educación”, como seres racionales, que no deben doblegarse ni sucumbir a las pasiones. ¡Qué atentado a la naturaleza y a los siglos de selección natural! Que nos dotaron del cerebro medio, evolutivamente entre el arquicerebro y el neocontexto del sistema limbito y de las condiciones innatas de percibir el entorno cercano y generar así respuestas inmediatas, próximas al cuerpo, con expresiones neurovegetativas que son capaces de generar respuesta conductual, y así ser capaces, de huir o pelear; elementos inherentes y consustanciales al hecho de sobrevivir y preservar la especie. ¿Quién no reconoce en sí mismo tales expresiones neurovegetativas al escuchar un estruendo o el ladrido amenazante de un perro tras una reja?…¿quien puede negar la conducta de sobresalto y de huida frente a una situación leída como amenazante?…Ahora bien, tal conducta es temporalmente casi inmediata al estímulo, por lo que no es posible sostener en tal circunstancia, denominar a tal acción como reflexiva o inteligente en el sentido racional, como nos acostumbramos a señalar. Pero quien de ustedes me puede negar que tal conducta, movida por casi un acto reflejo, no es en si misma una acción “inteligente” en el sentido de propiciar una respuesta compleja frente a una situación nueva.
Me explayo, quién no se conmueve al rememorar por ejemplo, antiguas fotos de la infancia, de nuestros ancestros y junto al recuerdo, se nos asoman olores, sabores, calores y rubores, como así también nos pueden tornar o irritables, o melancólicos, felices o tristes. Sin embargo, la foto en sí es un estímulo neutro. No está dotado de ninguna capacidad propia de “emocionalidad”. En un observador diferente al “involucrado”, no gatillará las mismas expresiones emocionales, no evocará las mismas reminiscencias ni generará un patrón conductual similar.
Es decir, lo percibido por el observador directamente involucrado, determinará en él un incontable número de reacciones neurobioquímicas, que nacen desde el acto de ver, observar, procesar, asociar, evocar, y desencadenará en otra  innumerable secuencia de eventos neuro-endocrinos, con liberación de catecolaminas, que afectará desde el tamaño de la pupila, hasta la temperatura corporal, y la estimulación de la frecuencia cardíaca, la respiratoria y hasta podría estimular sus glándulas lacrimales.
Pero, esto ¿es conciente?, ¿es inteligente?, ¿es racional?, ¿es innato e inherente? O como se señala livianamente “es un acto humano”… ¿Era conciente que al mirar las fotos mi pulso se aceleraba, mi respiración se hacía corta y rápida y que mis ojos  se humedecían?, ¿era conciente y racional al saborearme al recordar la mermelada de mosqueta que había en ésa foto sobre la mesa?, ¿era un ser libre y conciente?, ¿era un ser racional que no se dejaba subyugar por las bajas pasiones?. O era simplemente, un complejo sistema que frente a un input (estímulo) gatilla una cascada impredecible y casi dotada de infinitas posibilidades de expresión (output)…
¿Dónde entonces radica la naturaleza del acto humano libre y racional? En una fría subyugación de las pasiones (emociones, afectos, sentimientos, pasiones).
O es que acaso vamos por la vida siendo sólo espectadores de nuestra tonalidad afectiva. Es imposible, ir por la vida asistiendo a los acontecimientos de la misma de un modo neutral: “de toda vivencia se desprende siempre una afectación, un colorido afectivo que matiza cualquier acto”.
En este punto parece útil detenernos dos palabras acerca de la inteligencia artificial. Nuestro cerebro procesa y almacena información. La información almacenada se acumula en dos niveles: en los genes y en el cerebro. En el cerebro con enorme rapidez, en los genes con enorme lentitud. Las computadoras han igualado o superado la capacidad de cálculo de ciertos animales. Las hay que pueden procesar información a una velocidad de 100.000 millones de bits (digitodinario) por segundo, comparable al cerebro de una rata, que posee 65 millones de neuronas.
De continuar la tendencia que dice relación con la “explosión” en el tamaño de los chips, éstos llegarán a ser tan rápidos como el cerebro humano, de estos días al 2030, si la información consultada no está ya sobrepasada por los hechos.
Pero, sí o sí, el cerebro humano será superior. Este posee 100. 000 millones de neuronas que se activan unos 100.000 billones de veces por segundo. (Sí…, 100.000 billones de veces por segundo). Los impulsos nerviosos se desplazan “sólo” a 90 metros por segundo (325 kilómetros por hora), pero esta aparente lentitud es compensada con la enorme complejidad de sus interconexiones paralelas. Cada neurona individual se conecta con otras 10.000 neuronas. O sea, el cerebro funciona como un procesador en paralelo, ejecutando billones de operaciones por segundo simultáneamente. Y de acuerdo a un viejo precepto economicista, con un rendimiento costo beneficio inigualable, su consumo de energía no encendería una ampolleta corriente, en cambio un procesador suficientemente potente para ejecutar tales funciones, requeriría un inimaginable consumo energético, además de ejecutar los cálculos uno por uno y el cerebro los hace por billones a la vez. Además por la sabia naturaleza, la capacidad de redundancia funcional, que en caso de lesiones, conserve o restaure la función. Un complejo procesador, al fallar un transistor de un chips (hay chips con 7 millones de transistores del tamaño de una estampilla), que hará que se active todo el computador.
La sensación subjetiva de pasado que nos hace percibir que nuestros recuerdos  nos pertenecen, es una característica fundamental y quizá exclusiva de la memoria humana. Y por lo tanto, podrán los procesadores algún día sobrepasar  la capacidad de cálculo de nuestro cerebro, pero jamás podrán emocionarse al evocar la información ni sentir que les son propios. De ser falsa esta afirmación que sostengo, equivoqué entonces de profesión y deberé avocarme a realizar terapias a monstruos informáticos…
Es por ello que podemos afirmar que existe lo que se podría denominar el uso inteligente de las emociones. Es decir un tipo de inteligencia social, que consiste en la aptitud para controlar las emociones propias y de los demás, discriminar entre ellas y emplear esta información para guiar nuestro pensamiento y acciones.
Es para ello preciso reconocer antes nuestros propios sentimientos, para llegar al auto comprensión. Para ello recurrimos a nuestro neo cortex* y a las áreas del lenguaje, para saber y expresar nuestras emociones. Debemos también ser capaces de controlar nuestros sentimientos, con el objeto de adecuarnos a la situación y momentos correspondientes. Leído en forma amplia, el equilibrio que entrega la templanza.
Para esta inteligencia emocional es necesaria la empatía, es decir la capacidad de sintonizar las señales sociales sutiles y sensibilidad para captar estados emocionales de los demás. En esta cualidad, la empatía, cimenta la Ética y el Altruismo.
De modo tal, que considerar la mente humana sólo premunida de intelecto y raciocinio, es envilecer a la misma. Los sentimientos son indispensables para la toma racional de decisiones, porque nos orientan en la dirección adecuada para sacar el mejor provecho a las posibilidades que nos ofrece la lógica. Es decir una sinergia (asociación de varios órganos para realizar una función) y una simbiosis (asociación de forma equilibrada de dos o más organismos… que les permite obtener ciertos provechos y beneficios) que determinan un resultado superior a la suma de ellos.
COROLARIO
Damasio* sostiene que los sentimientos, lejos de perturbar, tienen una influencia positiva en las labores de la razón: “En términos anatómicos y funcionales, es posible que exista un hilo conductor que conecte razón con sentimiento y cuerpo”.
La relevancia de los sentimientos en la construcción de la racionalidad no sugiere que ésta sea menos importante que los sentimientos. Al contrario: tomar conciencia del papel de los sentimientos no da la oportunidad de subrayar sus efectos positivos y disminuir al mismo tiempo su potencialidad lesiva.
La noción dualista de Descartes consiste en escindir el cerebro del cuerpo, como si la mente fuera un programa (software) ejecutado en una computadora (hardware). Pero el postulado primordial de Descartes, “pienso, luego existo”, es una falacia: NO SE PUEDE PENSAR ANTES DE SER. La mente no es el piloto del barco. Es el barco mismo.
Si Descartes suponía que pensar era una actividad ajena al cuerpo (la separación de la cosa pensante del cuerpo no pensante), los indicios más ancestrales de la humanidad permiten ver que, para sobrevivir, el ser humano se hizo de una conciencia elemental que desembocó en la posibilidad de pensar y después de usar el lenguaje para organizar y comunicar mejor los pensamientos. Primero estuvo el cuerpo, dice Damasio, y luego el pensamiento. “Somos y después pensamos, y pensamos sólo en la medida en que somos, porque las estructuras y las operaciones del ser causan el pensamiento.”
Descartes buscaba un fundamento lógico para su filosofía y creyó que su premisa, “cogito, ergo sum”, no necesitaba ningún lugar para existir: “el alma por la cual soy lo que soy es totalmente distinta del cuerpo y más fácil de conocer que éste último, y si el cuerpo no fuera, no cesaría el alma de ser lo que es.”
“Este es el error de Descartes: la separación abismal entre el cuerpo y la mente, la sugerencia de que razonamiento, juicio moral y sufrimiento derivado del dolor físico o de alteración emocional puedan existir separados del cuerpo”, concluye Antonio Damasio.
“Resulta paradójico pensar que Descartes, si bien contribuyó a modificar el curso de la medicina, ayudara a desviarla de la visión orgánica, de MENTE-EN-EL-CUERPO, prevaleció desde Hipócrates hasta el Renacimiento.
Es por esto, que plantear una Inteligencia Racional y como contraparte, otra Inteligencia Emocional, no representa la quintaesencia de lo que la naturaleza ha demorado miles de años en perfeccionar.
Lejos aún estamos de poder definir en su naturaleza última la Inteligencia, porque nos enfrentamos a la paradoja que la limitante para el estudio de la Inteligencia, es la INTELIGENCIA misma…                 
                                      

*Charles Spearman 1863- 1945. Psicólogo inglés.
*Dra. Roser Pueyo Benito Psicóloga Educ. Diferencial
*Ecléctica: Escuela filosófica que reúne lo que estima mejor del todas las doctrinas.
*Meliorismo: Doctrina filosófica anglosajona que esta basada en la esperanza de lo mejor y la voluntad de realizarla. (Antipesimismo).
*Antropocéntrico: Creencia de que los humanos somos el “centro del universo…” “Algo así, como el hoyo del queque”, “la crema de la torta”, “la última chupada del mate…”
*Williams Lewis Stern 1871- 1938 Psicólogo y Filósofo Alemán.
*Uric Neisser Psicólogo EE.UU.
*Blaise Pascal. 1623- 1662 en Francia Filósofo, Físico y matemático. Autor de la teoría Hexágono de Pascal.
*Antonio R. C. Damacio 1944 Neurólogo Portugués
*Neo cortex: La corteza cerebral más reciente en la escala folosenética y que en la especie humana alcanza su máximo desarrollo ocupando la mayor parte de la superficie cerebral.
                  

Cuanto más lees…, mejor razonas, menos te engañan.
                                                                                       Adegón
Dr. JAIME CRISTIAN ÁLVAREZ U. Médico Especialista en Psiquiatría Adultos

El Fortn del Estrecho