CONCEPTOS GENERALES DE CULTURA CIUDADANA
EDUCACIÓN CÍVICA

DICCIONARIO DE FILOSOFÍA
NICOLA ABBAGNANO Actualizado y aumentado por GIOVANNI FORNERO
Fondo Cultura Económica México

CULTURA HISTÓRICA, PARA EVITAR LOS TROPIEZOS…

ERNESTO LÓPEZ

I.- CARACTERIZACIÓN
Y CONCEPTO
Las ciencias sociales latinoamericanas registran el el decenio de 1969 la aparición de un tema que hasta entonces había sido sólo objeto de abordajes ocasionales: el de la presencia de los militares en la política. Dicha aparición ponía de manifiesto un doble influjo ejercido sobre los cientistas sociales de la región. Por un lado la influencia de algunas investigaciones de autores norteamericanos, quienes fueron los primeros en encarar estudios sistemáticos sobre el particular. Como por aquellas fechas –inicios de los ’60- la presencia de la escuela funcionalista era fuerte en los medios académicos del área, resulta extraño que junto a las corrientes teóricas inspiradoras se anotaran algunas de sus preocupaciones temáticas. Pero, por otro lado, la propia realidad Latinoamericana ponía lo suyo: desde mediados de los años ’50, crecía el número de los golpes militares y la intervención militar en política se convertía en un fenómeno que difícilmente podía pasar desapercibido. Con el correr del tiempo, el análisis de la actuación militar en política, sus ligazones con el sistema de dominación, el examen de sus características en cuanto a organización, sus modalidades de intervención, sus rasgos institucionales y otros temas fines, se fueron consolidando como ámbitos particulares de la reflexión sociológica y política de la región. Surgieron entonces una serie de conceptos como los de “intervencionismo militar”, “autoritarismo” y el propio de “militarismo”, destinados a dar cuenta de la participación de los militares en política.
Para una caracterización del concepto de militarismo, conviene reconocer de entrada que en las sociedades modernas es “normal que el arma, intervenga en política”. Es cosa corriente, por ejemplo, que representantes de las instituciones armadas en calidad de tales hoy integren los gabinetes presidenciales. Aun en países que regulan la relación entre ejército y política a partir de pautas liberales –o sea que jerarquizan los principios de la prescindencia política de los militares y su sujeción al poder constituido – aquéllos cuentan por lo menos reconocimiento por parte del sistema político para opinar sobre defensa, seguridad y política internacional. De manera que la cuestión del militarismo no remite al abandono por parte de los militares de una supuesta actitud de prescindencia política. El término militarismo evoca más bien, especialmente para el caso latinoamericano, un “exceso”. Se aplica a una desmedida intervención de los militares en política. Intervención que se caracteriza, básicamente por ser “frecuente y lesiva de una legalidad vigente”. La lesión de una legalidad institucionalizada no hace referencia exclusivamente a la quiebra de los ordenamientos constitucionales, por lo común de corte liberal en la región. Vale incluso para regímenes militares que estatuyen de “facto” una juridicidad por encima de la constitucional, que puede ser también violada como ilustran los casos de Velasco Alvarado, en Perú, de Onganía en Argentina, de Pinochet en Chile.

II.- LA EXPLICACIÓN
DEL FENÓMENO
Ha sido frecuente que la explicación del militarismo reposara sobre dimensiones de la “situación”, esto es del contexto a partir del cual actúan políticamente los militares. Cuestiones como inestabilidad política y la insuficiencia hegemónica –la incapacidad de que sector alguno proveyere su poder sobre la sociedad en términos consensuales- que presentan buena parte de los países de la región; la dependencia y la ligazón de los ejércitos locales a los dictámenes de Washington; o bien el hecho de que aquellos constituyan el epicentro del dispositivo represivo del Estado burgués, aparecen recurrentemente en las interpretaciones corrientes como os fundamentos del intervencionismo militar. Sin embargo, estas variables no están en condiciones de agotar la explicación del fenómeno. Si se observa a grande rasgos el cuadro de la intervención militar en política en el último medio siglo latinoamericano se torna evidente la necesidad de introducir otras dimensiones de análisis para dar cuenta del hecho que nos ocupa. El tema de la insuficiencia hegemónica –o de la crisis de hegemonía como prefieren llamarla otros autores- está sin dudas sistemáticamente presente. Pero si bien arroja luz sobre el “por qué” del intervencionismo, nada nos dice en cambio acerca del “cómo”, es decir acerca de los diversos modos de hacer en política de los militares una vez que han ocupado el escenario estatal.
Tomando como referencia la cuestión de la insuficiencia hegemónica es posible construir la siguiente tipología de las modalidades que ha asumido el comportamiento político intervencionista de los militares latinoamericanos:

I.- MODAIDADES
DICTATORIALES
1.1.- Afirmadoras de una dominación imposibilitada de convertirse en consensual (de acuerdo)por intromisión directa de los militares: los casos Somosa, Stroessner, Castelo Branco, Pinochet, etcétera.
1.2.- Afirmadoras de una dominación imposibilitada de convertirse en consensual (de acuerdo) por intromisión indirecta: los casos Colombia, y de Argentina durante la llamada Década Infame 1930-1943. En estas circunstancias la institución armada por comisión o por omisión consiente el viciamiento del régimen demoparlamentario, en el cual, a través de diversos procedimientos, se obturan las posibilidades de participación de los sectores políticos percibidos como “amenaza”, por los dominantes.

2.- MODALIDADES
TENDIENTES A RECONTRUIR UN SISTEMA HEGEMÓNICO AFECTADO
2.1.- Pauta moderadora, tal como ha sido caracterizada por Alfred Stepan (Stefan) para Brasil. Los militares intervienen fideicomisariamente para corregir los “excesos” –corrientemente las intrusiones populistas percibidas como “debocadas” por parte de los sectores dominantes y el propio ejército- de un sistema político al que se regresa en busca de solución. Así, los regímenes militares aparecen como transitorios e intercalados entre dos regímenes civiles.
2.2.- Pauta bonapartista. El caso más típico es régimen de Getulio Vargas, instaurado con posterioridad al levantamiento de octubre 1930.

3.- MODALIDADES
PROPICIADORAS DE HEGEMONÍAS NACIONALMENTE ALTERNATIVAS
3.1.-Con participación militar directa en los comienzos que deja lugar posteriormente al funcionamiento de medios demoparlamentarios de representación política, de aceptable contenido consensual. Éste sería el caso e Argentina durante el periodo de surgimiento y de instalación del peronismo en el poder 1943-1955.

3.2.- Con participación militar directa y funcionamiento de instancias institucionales consensuales precarias; aquí el caso de Velazco Alvarado en el Perú. 1968-1974.
Esta clasificación no pretende ser exhaustiva sino simplemente mostrar la variedad de comportamientos políticos de los militares en la región. Introduce además un concepto –el de hegemonías nacionalmente alternativas- que merece ser explicitado. Por aquellas, deben entenderse los procesos que sin extralimitar el marco capitalista procuran modificar las bases económicas, sociales y políticas de sustentación de la nación, en un grado tal que representan una verdadera ruptura de los ordenamientos anteriores. Las sociedades tardo-dependientes presentan la posibilidad de una “alternatividad nacional” que se asienta sobre la posibilidad de alterar la condición general de la dependencia- que admite diversas morfologías y se expresa en diferentes aspectos del quehacer social- en beneficio de la autosustentación económica y de la autodeterminación política. En el plano de nacional es posible afirmar que frente a las distintas “modalidades cautivas de la nación” existe la posibilidad de “naciones “autocentradas”. Lo que suele configurar conflictos intensos, dramáticos e incluso violentos por la nación., aunque en ningún caso se pretenda extralimitar los parámetros generales capitalistas. Para completar esta apretada síntesis en torno al tema de la alternatividad nacional debe añadirse que la posibilidad de la autocentración nacional nada afirma sobre las posibilidades de su viabilidad histórica. Éste es otro problema que no puede disolver, empero, el hecho concreto de que dicha alternatividad haya encarnado en movimientos políticos e incluso hasta en fases estatales en la historia latinoamericana.
Volviendo a los militares es posible observar que el tipo que mejor ilustra la insuficiencia de las variables situaciones para dar cabal cuenta del “por qué”, y especialmente del “cómo” del militarismo en la región, es el referido a las modalidades propiciatorias de hegemonías nacionalmente alternativas. En efecto, en estos casos, si no se introducen variables concernientes a los “actores” militares como tales, es imposible de completar el cuadro. Hay una voluntad política, un modo de significar los hechos y las situaciones por parte de los militares, que no son determinados de modo directo por las variables de la situación y que son insoslayables para el examen de las intervenciones correspondientes a este tipo. Por otra parte, si nos fijamos en otros tipos encontraremos de nuevo cierta autonomía de la voluntad militar respecto de las determinaciones situacionales. Por ejemplo: tanto en Brasil, como en Argentina el comportamiento militar, en 1964 con el advenimiento de Castelo Branco y en 1966 con Onganía en Argentina respectivamente, evolucionan del subtipo 2.1, al subtipo 1.1. ¿Pueden argüirse (deducir, inferir) exclusivamente razones situacionales para explicar dicha modificación? Evidentemente no. Es inevitable otra vez introducir variables de los actores.
De lo que llevamos dicho se desprende que en la explicación del militarismo es menester tener el vaivén que va de la situación a los actores militares y viceversa. O sea que el militarismo conjuga elementos de la situación con comportamientos de los actores militares, configurando en cuadro en el que se hace necesario contemplar ambos órdenes de problemas. Parece adecuado también adoptar “a priori” el criterio metodológico de que los militares conservan en sus orientaciones cierta cuota de “autonomía relativa” frente a las determinaciones situacionales. Es decir, parecería no encerrarse de inicio en conceptualizaciones de los militares que los reduzcan a la condición de mero instrumento.
Los aspectos más destacables de la situación a tener en cuenta en un análisis del militarismo serían entonces los siguientes: La insuficiencia hegemónica; la dependencia y la asistencia externa; y el ejército como institución estatal. El nivel de los actores, por su parte, debe considerar los aspectos que primordialmente contribuyen a la constitución de lo político en el interior de los ejércitos, a saber: La composición social de la oficialidad; los aspectos doctrinarios; y las características del ejército como organización.

Insuficiencia hegemónica o crisis de hegemonía, (Hegemonía: Supremacía, preponderancia, superioridad).
Resulta de la incapacidad de sector social alguno para imponer su proyecto a la sociedad en forma perdurable a partir de modalidades consensuales de dominación. Según la atinada caracterización de J. Nun 1966. “La insuficiencia hegemónica”; él prefiere hablar de crisis de hegemonía- en el periodo comprendido entre 1930 y 1966, se debería a la circunstancia de que el lugar dejado vacante en términos de hegemonía por la dominación oligárquica no habría sido adecuadamente llenado por las alternativas de reemplazo que surgían en los distintos casos nacionales. “Las clases medias” emergentes –este concepto de Nun, es excesivamente amplio e indeterminado; alude con él a los sectores comprendidos entre los grupos agrarios tradicionales y los sectores populares y su núcleo más significativo parecería ser el empresario industrial local- deberían su incapacidad hegemónica al hecho de haberse constituido precisamente como “medias”, en un proceso de “industrialización sin revolución industrial”.
Con posterioridad a 1966, el tema de la insuficiencia hegemónica se presenta un tanto modificado en su apariencia. La crisis económica internacional que despuntó a comienzos de 1970 colocó en la región el problema de la búsqueda de patrones nuevos de acumulación, superadores de los “desarrollistas” o de los “nacional populares” intentados hasta ese momento. Vio la luz entonces un “nuevo” intervencionismo militar conectado a las posiciones de interés y a las necesidades de reacomodamiento del capital transnacional y de sectores económicamente dominantes de la región.
Esta conexión entre dictadura militar y nuevos patrones de acumulación, procesadora del reacomodamiento de los sectores económicamente más poderosos de la región, dio lugar a la emergencia de dos conceptos que procuran expresarla: el de “autoritarismo y el de fascismo”. Ambos reconocen como puntos de partida la coercitividad (coecer, reprimir) originada en la mencionada búsqueda. Y son también coincidentes en el señalamiento de que dicha coerción se ejerce especial aunque no exclusivamente sobre las expresiones políticas y sindicales del sector popular. El por qué de la elección de una u otra expresión remite a diversas consideraciones –que deben incluso rastrease autor por autor- que no es posible contemplar dentro de los límites de este escrito. No obstante puede señalarse que es frecuente que quienes rehúsan caracterizar como fascistas a los cuales estados de excepción del área aduzcan la inconveniencia de utilizar un concepto acuñado bajo circunstancias y en escenarios históricos extraños a la región. Sea como fuere, lo importante a destacar es que el “nuevo” intervencionismo expresa la insuficiencia hegemónica en un contexto también nuevo, tanto interno como internacional.
Finalmente es posible concluir de lo que se lleva dicho que la insuficiencia hegemónica aparece como variable situacional fundamental propiciadora del militarismo. Es, en suma, la que nos da la más eficiente respuesta al “por qué” de aquél.
La dependencia y
la asistencia externa.
Frecuentemente se afirma que la situación general de dependencia de nuestros países se especifica en el terreno militar a través de los mecanismos de la asistencia en armamentos, el adiestramiento y el adoctrinamiento. Y que este conjunto de situaciones y procedimientos amararían a los ejércitos locales a los designios de los Estados Unidos de Norteamérica. Esto es parcialmente cierto. Debe plantearse, en primer lugar, que el Estado Norteamericano tenderá a defender e incluso a imponer en cuanto ello fuere posible en la región los intereses tanto públicos como privados que le son inherentes. Y que para conseguirlo hace y hará uso de toda su capacidad de influencia. En segundo lugar debe reconocerse que dicha capacidad de influencia existe. No sólo porque hay condiciones materiales para que ello ocurra sino también porque su posición y funciones en la defensa continental y aun transcontinental es, por lo común, valorada positivamente por los ejércitos vernáculos (propio del país involucrado). Lo que contribuye a facilitarle canales de presión y de influencia político y doctrinario.
Sin embargo estos condicionamientos no necesariamente convierten a los ejércitos del área en apéndices del Pentágono. Los Estados Unidos, están en condiciones de ejercer una influencia sobre los militares latinoamericanos. Pero esta influencia, como lo demuestra la evidencia histórica, es variable y no necesariamente disuelve la calidad de actores de los militares, convirtiéndolos en meros instrumentos.
Así la influencia norteamericana es un elemento de la situación, cuya eficacia determinativa en relación al militarismo, deberá establecerse con arreglo a los casos concretos y a los momentos históricos específicos.

El ejército
como institución estatal
El militarismo suele ser aplicado a partir del papel desempeñado por los militares, en diversas ocasiones, de restauración de la posición política de supremacía de los sectores económicamente más poderosos frente a los embates de las fuerzas populares. En tanto el Estado es un instrumento de la dominación burguesa –se dice- que monopoliza el ejercicio legitimo de la violencia, y siendo el ejército el epicentro del dispositivo estatal para la coerción (represión moral o física), nada más natural que cumpla con la función señalada. Esta tesis es correcta siempre que se respete el nivel de generalidad en el que es dable plantearla. Hay que saber distinguir entre un ejército al servicio de un “tipo de Estado”, por ejemplo del tipo burgués o del tipo socialista, y un ejército al servicio de una “forma particular de Estado”. Obviamente la tesis considerada es válida sólo para el primer caso. Hemos visto a través de la tipología presentada precedentemente que, sin abandonar el tipo capitalista, el ejército se ha puesto al servicio de formas estatales diversas. Aun más, del propio ejército incluido en una forma estatal determinada han surgido procesos que han negado dicha forma estatal. Esto se refleja, entre otros casos, en la deposición de Getulio Vargas y el fin del Estado Novo (de Brasil) en 1945, en el golpe militar de 1943 que terminó con el periodo de la restauración oligárquica en la Argentina, y en el proceso que llevó en Perú, en 1974 al reemplazo de Velasco Alvarado. No obstante es posible extraer la siguiente conclusión frente a esta cuestión: La experiencia latinoamericana indica que los militares del área jamás se han orientado hacia una modificación del tipo de Estado. O sea que el hecho de que constituyan una institución estatal parece determinar la imposibilidad de que rebasen el tipo general de dominación.
Encontraríamos aquí, entonces, uno de los límites de la autonomía política relativa de los militares del área. Aunque han impulsado diversas formas estatales burguesas, nunca han propiciado una transformación social que negara los ordenamientos capitalistas.
Un aspecto por lo común poco atendido de la función estatal de los ejércitos tiene, sin embargo, especial significación con relación al problema que estamos considerando. Me refiero a la guerra. La responsabilidad de la guerra, función manifiesta principal de los ejércitos, tiene repercusiones decisivas sobre el nivel de los actores a través de las dimensiones doctrinaria y organizacional, de las que nos ocuparemos en seguida.
La composición
social de la oficialidad.
A partir de lo que más arriba se ha denominado el “nuevo” intervencionismo, las tesis sobre la extracción de clase de la oficialidad como variable fundamental para la aplicación del “como” del militarismo, han perdido el vigor que tuvieran otrora. En efecto, nada indica que la predominancia (influencia sobre persona o cosa) de las capas medias en la composición de la oficialidad, relevada por diversos autores, se haya modificado. Pero sí resulta ya imposible –a diferencia del pasado- adjudicarle a los Castelo Branco, Pinochet, Videla, etc., una “racionalidad de clase media”. Lo que parece subrayar estos regímenes, en todo caso, es la necesidad de acercarse a un análisis social de los militares que los reconozca como una “categoría” social. El análisis de clase, como es sabido, recorta agrupamientos sociales –clases y fracciones- a partir de la posición que ocupan en el proceso de producción. Hay sin embargo agrupamientos que no se ligan en forma directa a dicho proceso y que por consiguiente sólo son distinguibles a partir de las “funciones sociales” que desempeñan. No siendo ni clases ni fracciones, suele denominárseles “categoría sociales”. Que es precisamente lo que constituyen los militares. En tanto categorías sociales, los comportamientos derivados de su función social estarán mucho más determinados por las funciones estatales que desarrollan que por la clase de la que proceden.
Los aspectos doctrinarios
La guerra no es solamente un problema técnico de enfrentamiento entre ejércitos. Es también un esfuerzo en el que se conjugan los diversos recursos tanto humanos como materiales de que pueden disponer una sociedad. Y es también un hecho que se desarrolla en un contexto internacional que descubre aliados y adversarios. Ésta es la razón por la cual las doctrinas sobre la guerra, en todo ejército medianamente profesionalizado, contienen elementos políticos.
La difusión de doctrinas militares que contienen elementos políticos en el interior de los ejércitos es un fenómeno corriente desde bastante tiempo atrás, aunque sólo recientemente haya llamado la atención de analistas e investigadores. Este hecho poco atendido desempeña, sin embargo, un papel significativo en la constitución de lo político como problemática interna al ejército. Las doctrinas sobre la guerra se constituyen, por lo común alrededor de 4 ejes básicos:
a.-) Una concepción de la guerra propiamente dicha (convencional, nuclear, fronteriza, etc.), que incluye consideraciones sobre el contexto internacional, fuentes de abastecimiento de recursos bélicos y no bélicos, etc.
b.-) Una concepción sobre la nación, en el sentido de que ésta constituye el soporte de la posibilidad de hacer la guerra.
c.-) Una concepción de la relación que el ejército debe establecer con el sistema político. Y…
d.-) Consideraciones estrictamente técnico militares: hipótesis de guerra, reglamentos de conducción, de combate, etc.
Obviamente los puntos a.- b.- y c.- colocan a los militares dentro de los linderos de la política.
En términos generales podría afirmarse que las doctrinas sobre la guerra afianzadas en América Latina en las últimas décadas han sido las tres siguientes: La liberal; la “peruanista” y la que se ha constituido privilegiando los temas de la seguridad y el desarrollo (a esta última suele denominársela “doctrina de la seguridad nacional”). Vale la pena destacar que estos desarrollos doctrinarios no son meras justificaciones “ideológicas” que los militares enarbolan “a posteriori de su avance sobe el escenario estatal, como a veces se los quiere ver. Son, por el contrario, desarrollos inherentes a la naturaleza institucional de los ejércitos, que abonan sustantivamente su visión del mundo.

El ejército
como organización
Las características organizacionales de los ejércitos contribuyen a darle peculiaridad (característica propia) al modo en que se constituye lo político en su interior en su interior. Tal como se ha caracterizado en el punto 1.- el militarismo implica un sobredimensionamiento de la actividad política de los hombres de armas. Pero la organización militar se define a partir de las necesidades técnico-profesionales de la guerra. Es decir que no existen dos estructuras paralela, una que atienda a la “res bellun” (del latín “cosas de la guerra”) y la otra a la “res publica” (del latín “cosa pública”), sino que lo político debe adaptarse a la forma, amoldarse al estilo de lo específicamente militar. La disciplina, la jerarquía y la verticalidad, por obvias razones, constituyen las reglas de oro de lo militar. Los modos de la política – el cortejo de opiniones, la discusión, las decisiones por mayoría, etc.-, en cambio, atentan contra dichas reglas. Lo político, sin embargo, se subordina a la forma pero no a lo militar es sí. Ésta es la razón por la cual las pugnas internas, los conflictos por las sucesiones –como ilustra el caso Brasil desde 1964 a la fecha- asumen esa forma soterrada, palaciega, tan difícil de penetrar por el observador externo. Es un juego de presiones, de compulsas informales, de medias palabras, a veces de audacia y a veces de paciencia, refractario a producir decisiones fundadas en el número o en la consulta abierta. Éste es, pues, uno de los posibles caminos a través de los cuales lo organizacional condiciona lo político.
Lo organizacional contribuye por otras vías a constituir lo político en el interior de los ejércitos. Frecuentemente el prestigio militar personal – de un Onganía, por ejemplo, en el caso argentino, o de un Gois Monteiro, en los ya lejanos tiempos de Getulio Vargas- se convierte en un elemento de aglomeración política. La solidaridad por las armas suele ser también un modo extra-político de aglomeración política. Así como vaivén que se produce entre merecimientos profesionales y consideraciones políticas en materia de ascensos y destinos. Todo lo cual se articula para constituir “circuitos internos de lealtades” a través de las cuales también, lo organizacional condiciona lo político.
III CONCLUSIONES
Se ha procurado encarar la cuestión del militarismo en América Latina, atendiendo simultáneamente al “por qué” al cómo del mismo. En relación al “por qué” lo que hemos llamado la insuficiencia hegemónica que presentan buena parte de las sociedades de la región aparece proveyendo las claves interpretativas fundamentales. En lo que respecta al “cómo” – esto es al modo específico de hacer política y de disponer del poder del Estado por parte de los militares- las cosas, sin embargo, no se presentan tan claras y uniformes. Ésta es la razón por la cual he tratado de señalar las variables situacionales a mi juicio más importantes en la configuración del militarismo, y he procurado llamar la atención sobre la necesidad de atender a las variables de los actores. Me resta solamente señalar, para concluir, que todo análisis “concreto” del militarismo deberá “poner en relación” ambos órdenes de problemas, las concernientes a la situación y los relativos a los actores militares , tratando de no reducir “a priori” (de lo anterior), a estos últimos a la condición de meros instrumentos…

BIBLIOGRAFÍA
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V. J. Tapia, El terrorismo de Estado. México, Nueva Imagen, 1980.
NOTA DE LA DIRECCIÓN.
En este trabajo llamó la atención, la ausencia de autores nacionales chilenos, sobre este tema…

El Fortn del Estrecho