Vivimos una época de continuos enfrentamientos de todo tipo. Cuál más y cuál menos quiere hacer prevalecer su verdad y hegemonía frente al resto del colectivo social.
En esta extraña manera de comportarse los ciudadanos gastan tiempo y recursos en una actividad frenética que, al final de cuentas, queda registrada  en la historia humana como una de tantas estupideces de la especie de un tiempo o ciclo histórico. Hoy puede ser el tema de la píldora del día después, ayer el caso de los sobresueldos o del desorden en el Ministerio de Educación. (Hoy la gran protesta y las masivas marchas intentando hacer presente a este gobierno la necesidad del real cambio en el sistema educativo), etc. Ejemplos hay muchos, no sólo en nuestro país sino en cualquier lugar del planeta: El poder, cualquiera sea su naturaleza, recurre a medidas de fuerza para evitar el confronte de opiniones, el uso de la discusión. Parece ser que los hombres consideran natural que unos pocos manden y el resto obedezca.
Pero la historia, especialmente la de raíz occidental, hace ya tiempo que ha decidido cambiar este estado de cosas y ha forjado, no sin grandes tribulaciones, el método del diálogo para dirimir las controversias.
Y esto no es un descubrimiento contemporáneo. Ya Sócrates enseñaba  en Atenas que el diálogo es uno de los procedimientos más adecuados para encontrar la verdad.
Es el primer hombre occidental que reconoce que el encuentro de la verdad no se obtiene mediante un monólogo, sino a través del concurso de dos o más interlocutores (diálogos).
Los seres que no son dialogantes son, por lo general, fanáticos; se desconocen así mismos tanto como desconocen a los otros. Sólo por la mediación del diálogo se realiza uno, y se conoce. Al destruir el diálogo, se destruye uno así mismo y se destruye al otro.
Según Hegel, el hombre comienza por una opinión personal, más o menos coherente, que denomina mito.
Es el estadio del monologo.
La idea de verdad aún no está presente, o, al menos, explicita. Pero luego las ideas se enfrentan, el mito topa con otros, los monólogos se contraponen.
En una u otra forma la violencia se hace presente y triunfa. Pero ocurre también que los hombres, en lugar de imponer por la fuerza sus opiniones, las confrontan, las discuten.
Es el paso del mito a la ciencia, del monólogo al diálogo,
La discusión realiza el tránsito del bárbaro al filósofo, de pre-hombre al ser propiamente humano. Ya no se obliga al otro a pensar como uno piensa, sino que se hace un esfuerzo para convencerle y se busca su libre adhesión.
El diálogo es así, al mismo tiempo que pasó de lo individual a lo universal, reconocimiento de libertad. Tratando al otro como “interlocutor”, la lucha se torna precisamente en reconocimiento.
El diálogo significa el advenimiento de la no-violencia. La filosofía, en suma, es diálogo, como dice Platón.
Podemos decir que nuestra cultura es dialéctica, porque gracias a la confrontación incesante de las ideas consiste en un permanente esfuerzo de superación.
El diálogo tiene como premisa fundamental que una persona no es depositaria de la verdad completa, por más autoridad que ella tenga, sino que esta constituye el  resultado de una búsqueda que se realiza entre varios, en la convicción de que cada persona involucrada tiene a lo menos una parte de la verdad y que mediante el encuentro discursivo es posible llegar a obtener “la luz” o el alumbramiento de ella.
La historia nos demuestra con fuerza cómo hay momentos y personajes estelares intransigentes en aceptar otras ideas o verdades que no sean las de ellos. Imponen ortodoxias incólumes, fijas, sin posibilidad de dudas ni de cambios.
Respetables instituciones se negaron tozudamente en el pasado a reconocer argumentos apoyados por la realidad y hasta por la ciencia porque no se inscribían en el discurso propugnado por ellas.
De esta clase de dogmas se apoyaron para perseguir a los heterodoxos. El caso de Galileo es paradigmático.
Afortunadamente el desarrollo de la cultura ha ido demostrando que la manera más convincente de resolver los problemas y controversias humanas es a través del      diálogo, especialmente en los asuntos sociales.
Cuando no se usa el diálogo se produce una seguidilla de desencuentros cuyo común denominador es la violencia. Un hecho violento sin resolver produce más violencia en una escalada que nunca acaba.
La ausencia de diálogo no lleva a ninguna parte sensata.
La violencia no solo NO resuelve los problemas sino que generalmente inicia nuevas violencias.
Las soluciones dialogadas, en cambio, cuando se hacen de buena fe, resultan verdaderamente constructivas. Pero no cualquier diálogo lleva a esta clase promisoria de fines.
Como se trata de un procedimiento, de un método, también el diálogo tiene que estar sometido a ciertos requisitos para que se beneficioso para todos.
Hoy día, la llamada Ética Discursiva, ha establecido una serie de condiciones básicas para descubrir si una  máxima de acción es correcta o no, o si es o no justa. Veamos cómo se expresan estas regulaciones.
En primer lugar, hay que considerar al diálogo no sólo como un procedimiento para alcanzar pactos o negociaciones (un afán tan en boga en el presente), sino como una búsqueda cooperativa de los correcto o lo justo a través de una comunicación lo más transparente posible.
Hay que tener muy presente que aquellas personas que entablan una negociación se contemplan mutuamente como medios para sus propios fines individuales y, por lo mismo, tratan en lo posible de instrumentalizarse unos a otros.
Es decir, se comportan en el proceso de negociación en forma estratégica, con el resuelto propósito en conseguir del otro su propio beneficio, lo cual se obtiene a través de un pacto.
Pero esta forma de proceder no es un diálogo, pues quien entabla un verdadero diálogo debe considerar al interlocutor como una persona con la que merece la pena entenderse para descubrir cooperativamente lo qué es justo.
Por eso es que esta clase de sujeto no intenta en ningún momento instrumentalizar al otro, tampoco quiere tratarlo estratégicamente como un medio o instrumento para que sirva a sus propios fines, sino por el contrario, tiene en cuenta en todo momento que el otro es una persona tan valiosa como él y, por lo tanto, debe respetarla siempre.
La otra persona es pues un fin en sí mismo, es una persona con la cual merece la pena entenderse para llegar a un acuerdo, no cualquier acuerdo y a cualquier precio, sino a un acuerdo que satisfaga intereses de carácter universalizables.
Otra condición necesaria es que la persona que toma el diálogo en serio tiene que estar convencida de que su interlocutor tiene algo que aportar a la solución del problema puesto en cuestión y, por consiguiente, está dispuesto a escucharle.
Si no tiene este convencimiento entonces no tiene sentido argumentar con él. Es lo que algunos llaman hoy a esto “Voluntad política” para un encuentro de pareceres.
Lo anterior nos conduce a otra condición: que quién inicia un diálogo está convencido que él no tiene toda la verdad de un asunto en forma clara y diáfana.
Por lo tanto, no se trata de convencer al otro de “mi” verdad, sino de dialogar, intercambiar puntos de vista con alguien diferente. Un diálogo es siempre bilateral.
Cuando se toma en serio un diálogo es porque estamos tomando en serio al interlocutor con el cual se está dialogando.
Esto significa que el dialogante está dispuesto a presentar sus propias dudas (que pueden ser muchas a pesar de que las quiera esconder o no querer demostrarlas) y sus convicciones (que pueden ser substanciales para su proyecto de vida).
Esta convicción humaniza el diálogo transformándolo en un instrumento de real acercamiento entre dos voluntades racionales.
Pero este acercamiento o apertura al otro no significa literalmente que vamos a echar por la borda nuestras propias ideas y convicciones que hemos acumulado biográficamente. La seriedad que hemos puesto en el diálogo y en el otro significa que esta posibilidad que se tiene para escuchar es también posibilidad para reforzar nuestra posición, ideas y convicciones si los argumentos que nos da el otro no llegan a ser tan convincentes como para tener la fuerza de desalojar los que yo tenga o para modificarlos si es que ameritan hacerlo.
Recuérdese al efecto lo que decía Sócrates: él mismo nos confiesa que no creyó a lo estipulado por el Oráculo de Delfos cuando sentenció que “Sócrates era el hombre más sabio de Atenas”. Y por eso empezó a hacer preguntas a todos sus conciudadanos que alardeaban de saber los detalles de sus propias virtudes.
Al final se convenció que efectivamente era más sabio que ellos porque reconocía su propia ignorancia (“Sólo sé que nada sé”).
Volviendo a lo nuestro, uno debe estar dispuesto a exponer sus propias fortalezas como también, dejarse “derrotar” en sus debilidades, si viene al caso.
Agreguemos otro punto más: quien dialoga en serio está preocupado por encontrar una solución y, por lo mismo, entenderse con su interlocutor.
Pero este proceso de entendimiento no significa simplemente lograr un acuerdo total sino más bien descubrir cooperativamente todo aquello que hay en común entre quienes participan en el diálogo. A los dialogantes no les interesa dejarse engañar por clichés (muy en boga en nuestra sociedad), como “derecha-izquierda; progresista, conservador; gobierno-oposición”; etc., sino descubrir el fondo de la cuestión por la cual se dialoga.
La decisión final, para ser correcta, como dijimos, no tiene que atender a intereses individuales o sectoriales, sino a “intereses universalizablesl”, es decir, a los intereses de todos los afectados. Y esto es justamente lo que nos cuesta entender, especialmente a los chilenos.
Miramos muy de cerca nuestros propios interes es y somos renuentes o incapaces de ver los de toda la sociedad.
Llegamos así al punto, después de toda esta enumeración de requisitos o condiciones, que el resultado del diálogo no es arribar a un simple pacto ni una negociación o a un consenso político (lo mismo se podría conseguir con una pistola en el pecho).
Arribamos a un acuerdo surgido de la convicción de que la norma satisface intereses universales que se pueden aplicar en todas las situaciones análogas analizadas en el diálogo.
No entender esto es volver siempre sobre las mismas cuestiones en un desgaste sin fin.
El diálogo se da y tiene que darse en sociedades democráticas,  pluralistas, en las cuales se exige de partida un mínimo de coincidencias no alcanzadas a través de pactos o negociaciones, sino surgidas desde dentro. Los valores que componen ese mínimo común conforman lo que se llama la “ÉTICA CÍVICA”.
Esta clase de ética es el conjunto de valores y normas que comparten los miembros de una sociedad pluralista, sean cuales fueran sus concepciones de vida buena, sus proyectos de vida feliz.
Estos mínimos son “MÍNIMOS DE JUSTICIA”, comunes  a las distintas “ÉTICAS DE MÄXIMO”, a los distintos proyectos de vida que se dan en una sociedad compuesta por individuos y comunidades diferentes.
Esto permite a una sociedad tolerarlas diferencias que se muestran como respetables para construir, entre todos los componentes sociales, una parte importante de la vida común.
Porque una sociedad pluralista está compuesta de ciudadanos miembros de una “polis”, de una “civitas”, de un grupo social amplio (país, nación) que engloba diversas dimensiones de las  personas, las aglutina y crea un lazo común entre todos sus componentes.
Este tipo de ética civil contiene importantes elementos que todos los ciudadanos comparten en forma convencida.
Esta clase de elementos comunes son los que permiten a una sociedad responder “conjuntamente” a RETOS COMUNES.
No se trata de algo baladí si consideramos que los miembros de las sociedades actuales están expuestos a desafíos y retos enormes que afectan a toda la sociedad en su conjunto y frente a los cuales es necesario generar una especie de sensibilidad común para evitar el colapso.
Cuando uno ve todos los días que a nuestro alrededor los grupos sociales se entronizan en compartimentos estancos, defendiendo con pasión malsana intereses particulares olvidando escandalosamente el bien común, se echa de menos sinceramente una educación sistemática acerca de lo que es y debe ser el respeto a la pluralidad y su ejercicio a través del DIÁLOGO SERIO.
Por último, las  peores tragedias que ha tenido nuestro país han sido precisamente aquellas producto de la incapacidad de diálogo de parte de aquellos que, por representar a toda la ciudadanía, fueron incompetentes de practicarlo en forma seria en su momento.
Nota: En estos tiempos que vivimos, por el bien de todos, vale la pena pensar…, en hacer del diálogo serio una responsable forma de cultura cívica.      
QUIEN INVITA A UN DIÁLOGO ESTÁ CONVENCIDO QUE NO TIENE TODA LA VERDAD.

MIGUEL DA COSTA LEIVA, Doctor en Filosofía

El Fortn del Estrecho