Tradicionalmente, a la educación secundaria se le atribuyen tres funciones básicas, cuales son: 1.- Preparación para ingresar al nivel superior y universitario. 2.- Formación profesional y técnica para insertarse en el mundo del trabajo. 3.- Preparación para el ejercicio de la ciudadanía, es decir, la inserción del joven en la vida social adulta.
Estas funciones plantean una segmentación de la educación secundaria en académica, por un lado; y profesional y técnica, por el otro. División muy cuestionada por expertos, debido a que no corresponde adecuadamente a los requerimientos del mundo académico, ni a las exigencias del mundo laboral. Lo cierto es que requerimos de un serio análisis filosófico, en el buen sentido del término; esto es, en el sentido de desmenuzar el problema en sus partes más simples posibles para revelar su estructura; ir, como decía Descartes, “de lo simple a lo complejo”. Entonces podremos tomar el camino de regreso, ir “de lo complejo a lo simple”, para de esta manera, adquirir una visión holística del problema, que es sistemático, y plantear posibles soluciones.
En los inicios del siglo XVIII, la educación técnica surge como enseñanza de arfes y oficios, con énfasis en aplicaciones prácticas para lograr un desempeño eficiente en la industria y el comercio, desarrollándose como una modalidad separada de la formación general. Así en nuestro medio aún existe la creencia de que esta enseñanza desarrolla preferentemente habilidades para realizar determinadas tareas productivas específicas, las que implican un reducido empleo de la capacidad de pensamiento profundo y de comprensión de los saberes implicados en el desarrollo de las mismas.
Esta visión, con fuertes rasgos reduccionistas de la educación técnica aparece como contradictoria para un mundo laboral como el actual, que cambia constantemente por causas del avance de la ciencia y la tecnología, por la dinámica de la continuación de estudios –que al final también redundan en incorporación de valor agregado a la producción- y que constituyen el gran reto de la sociedad del conocimiento a la educación técnico profesional. Esto implica, también, que la ETP, no puede ser vista como un tipo de formación terminal, como ha ocurrido históricamente, sino también como una fuente de aproximación a un recurso intelectual de alto valor para el mundo productivo y el desarrollo de un país en una perspectiva de formación permanente.
En efecto, el ámbito escolar aparece como depositario de los conocimientos disciplinarios y valóricos que conforman la llamada formación general, en tanto que el campo productivo se percibe como ámbito de la producción de bienes y servicios orientados sólo a la rentabilidad económica.
La escuela es definida como el lugar ideal para desarrollar el pensamiento profundo y la solidaridad y, la empresa es el lugar para trabajar en cosas concretas y para competir. Institucionalmente, la escuela es, por lo tanto, un espacio diferente, opuesto al espacio de la empresa y al quehacer del entorno laboral.
Tradicionalmente, la elaboración de las estructuras curriculares de la ETP chilena se ha sustentado en el modelo norteamericano de Educación basada en Competencias –EBC. La pregunta ordinaria formulada en el proceso de construcción de un Currículo para la ETP y que es comúnmente planteada al empresario, con el fin de definir las competencias específicas exigidas por una especialidad es:
¿Que debe saber hacer un técnico en un determinado proceso?
Según el Modelo de Currículo basado en Competencias –se refiere a la capacidad de actuar –hacer- desde lo que la persona es, con sus valores y actitudes, haciendo algo con lo que sabe. La problemática parece radicar en el proceso de elaboración de las Competencias profesionales, estipuladas en forma de Perfil de egreso. Por cuanto, las Competencias surgen del mundo laboral, siguiendo criterios de expertos o personas con experiencia, las cuales al ser precisadas no consideran alguna forma de integración con los saberes del plan general, o cómo éstos pueden aportar al desarrollo de esas Competencias.
De otro lado, los alumnos de la enseñanza media, ¿reconocen en la educación técnica una alternativa de formación profesional?
Y el sector ocupacional ¿encuentra en los técnicos las competencias requeridas para un desempeño laboral compatible con las exigencias de una economía globalizada?
Dos preguntas necesarias para evaluar la formación de técnicos.
Un examen hecho al sistema educativo nos muestra aún una notable separación con el ámbito productivo, en donde el modelo predominante sigue siendo el de educación para el trabajo. Es decir, predomina esencialmente el concepto de liceo técnico que prepara para la inserción laboral.
Conscientes y responsables de ello, en la ETP, se implementa una práctica laboral, en muchos casos de carácter Dual, mediante la cual aún el estudiante aprendiz, puede encontrar la posibilidad de conocer equipos, materiales y productos y sobre todo procedimientos y operaciones que se relacionan con el proceso laboral de su especialidad. Ciertamente, la economía global y la actual dinámica del empleo han revalorizado intencionalmente a la Enseñanza Media Técnico Profesional. La evidencia mundial indica un crecimiento en su matrícula.
En Chile, el 36% de los estudiantes que cursan Enseñanza Media lo hacen en la modalidad técnico profesional.
De ellos un 28% continúa luego una carrera de educación superior. Y aparece como meta fundamental en el corto plazo, el lograr la articulación eficaz de la educación media con la superior orientada hacia el mejoramiento de la capacidad de la formación en ambos niveles.
Ciertamente, estamos todos empeñados en poder alcanzar esta meta.
Es un exigencia del desarrollo social del país, que ha adquirido –entre otros- el trascendental compromiso nacional de insertarse en la economía global, en la cual se necesitará mucho recurso humano especializado. Todo ello en sintonía con el surgimiento de la educación y capacitación basada en competencias cuyo logro como política educativa es calve en países como Australia, Nueva Zelanda, Gran Bretaña, EE.UU. y Canadá. El movimiento de Competencias, pronto comienza a extenderse a otros países, hecho que implica la aparición de una nueva era en el pensamiento educativo y que enfrenta la tradicional dicotomía entre educación técnica y educación académica.
El movimiento de Competencias es, en esencia, la conjunción de la práctica y la teoría, lo vocacional y lo general académico y significa un desarrollo progresivo en el pensamiento educativo que se hizo necesario por los cambios producidos en la fuerza de trabajo de las sociedades industriales.
Por lo tanto, el enfoque basado en Competencias es social y políticamente progresista, así como económicamente benéfico.
Así, los trabajadores de hoy, más aún los del mañana, deben conocer y dominar el proceso que realizan, deben actuar con decisión y responsabilidad, deben ser más activos y creativos en la producción, por cuanto el talento es la materia prima de la innovación, pero la tecnología le aporta la velocidad necesaria.
La importancia creciente de la Tecnología en la producción de bienes y servicios, sumada a la velocidad con que se impone la innovación tecnológica y se empuja a la obsolescencia a los procesos anteriores, indica que los trabajadores del futuro próximo agregarán al conocimiento y al control de las máquinas y complejos procesos, altas habilidades y destrezas en:
1.- Razonamiento lógico.
2.- Comprensión y comunicación verbal, oral y visual.
3.- Capacidad de auto aprendizaje y disposición al cambio
4.- Tomar iniciativas a velocidad creciente.
Por cuanto, ante la presión competitiva, la velocidad se convierte en un requisito básico de la innovación.
¿De que sirve innovar en un producto o servicio si la competencia lo ha hecho antes?
La velocidad en el ciberespacio es tal que el largo plazo está fechado en tres meses y tiene visos de ir reduciéndose.
Los conocimientos quedan rápidamente obsoletos, al igual que los productos y servicios.
Innovación significa inventar o reinventar lo establecido. Inventar nuevos segmentos, inventar nuevas necesidades, reinventar la forma de producir, de aportar o de distribuir los productos y servicios.
La innovación se refiere a cada mínimo aspecto de cómo opera una empresa, desde la estrategia, la administración, el marketing, Recursos Humanos. Pues bien, si la innovación requiere velocidad, este va a ser uno de los rasgos de las organizaciones y de los profesionales con talento.
Eso es innovación: REINVENTARSE.
Por lo tanto, ¿Qué profesionales buscan las empresas? Responder es simplemente revisar la sección empleos de los diarios dominicales.
Según estudios recientes, el 78% de los empleos ofrecidos, requiere de profesionales con formación universitaria, entre los cuales un 15% demanda que cuente con un postgrado o curso de especialización. Un 61% requiere que su nuevo personal tenga conocimientos de computación e informática y un importante 46% demanda el uso del inglés. Respecto de la experiencia, un 35% demanda que los postulantes al puesto, tengan a lo menos entre tres y seis años de experiencia laboral en el rubro, y un 29% dos años de experiencia.
Por cuanto el contexto que enfrenta la Empresa en el siglo XXI es:
1.- Clientes/ consumidores cada vez más exigentes.
2.- Competidores cada vez más agresivos.
3.- Creciente innovación y obsolescencia tecnológica.
4.- Creciente globalización de los mercados.
5.- Creciente creación y transmisión de información.
6.- Cambios permanentes.
7.- Creciente preocupación por los temas ambientales.
8.- Alta competitividad.
Por ello, la necesidad de adquirir conocimientos científicos es evidente y resulta esencial la enseñanza y divulgación de las Ciencias con la formación de profesionales del mejor nivel.
Su formación es el fruto de una larga y paciente elaboración intelectual, una espiral educacional que tiene su génesis en nuestra educación básica y media y, por ende, una relación estrecha con el profesor de nuestra niñez y juventud.
Parece fundamental, entonces, que esta educación no se considerara como una agrupación de materias elitistas e inalcanzables, comprendidas sólo por estudiantes de elevado talento.
En verdad, ella constituye un capítulo cada vez más trascendente del acervo cultural del ciudadano actual y un derecho irrenunciable de su posición en la sociedad.
Resulta imperioso incorporar racionalmente al estudiante en conceptos actuales de Biología, Física, Matemática y Química, por ser parte del bagaje cultural de todo ciudadano.
No se trata de una educación preuniversitaria dirigida sólo a la formación de científicos y tecnólogos, sino a que se preparen alumnos desde los primeros niveles de sus estudios, para comprender aquellos aspectos significativos que hoy son parte del diario vivir.
El conocimiento y comprensión ambiental, los perjuicios de la depredación forestal, las causas del agujero de ozono, la crisis energética, el efecto invernadero, por citar algunos ejemplos, temas tan actuales como ineludibles del saber humano.
Gran responsabilidad para los jóvenes profesionales de nuestra patria, por lo que a sus capacidades intelectuales, tendrán que adicionarle una fuerte dosis de trabajo, creatividad y fraternidad.
La satisfacción de contribuir para hacer una sociedad más humana y equitativa es algo que los hará más grandes como hombres y mujeres.
Hoy, nuestro país espera mujeres y hombres emprendedores, que asuman responsabilidades, que destierren de su labor personal y profesional el conformismo, que sean capaces de competir sin transar los valores, esos que vuestros padres se han encargado de forjar en ustedes durante años y que vuestro colegio ha tratado de fortalecer.
Si deseamos construir una sociedad más justa y más solidaria en este siglo, debemos trabajar para ello.
Hasta el día de hoy, como jóvenes estudiantes, exigen una sociedad más justa, demandando un sistema más comprometido, y es así que en algún momento les corresponderá ser actores del cambio que soñaron, o bien, tendrán que asumir el reclamo de otras nuevas generaciones.
No debemos olvidar que la verdadera y más sólida felicidad se encuentra en la más simple pero fundamental organización de nuestra sociedad: LA FAMILIA, de la que hoy son parte y la que tiene el DEBER de formarlos. Es LA FAMILIA la que nos permite lograr la verdadera proyección y trascendencia en nuestras vidas.
Para mí por cierto, como lo he venido señalando desde hace algún tiempo en toda ocasión que tengo, la cuestión de fondo es saber para qué educamos, para qué enseñamos. Creo firmemente que se educa para la vida, en un aprendizaje que se da a lo largo de toda la vida.
¡Educar es preparar a los seres humanos para la VIDA! Y estaremos cerca de lograrlo a partir de una profunda convicción y una adecuada entrega valórica en los distintos niveles educativos, que nos permita formar un hombre y profesional que pueda asumir las múltiples tareas de el desarrollo social y humano que el mundo, requiere y necesita.

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JULIO PRADENAS RIVAS, Profesor de Estado Magíster en Educación.

El Fortn del Estrecho